viernes, 30 de mayo de 2014

Flaqueó mi tía

La pipita de mi tía,
yo no sé lo que ha pasado,
¿no es verdad, mamita mía,
que su hermana ha flaqueado?

Ella dice muy risueña
que todita su gordura
la quitó Doña Cigüeña
y la puso en esa cuna.

Y al buscar su barriguita
muy redonda entre los tules
veo sólo una carita
y unos ojos muy azules.

Un muñeco pequeñito
que me mira con dulzura,
¡préstame a mí un ratito
ese trozo de ternura!

Y mamá si a las gorditas
ese niño les da Dios,
comeré feas sopitas
porque quiero tener dos.


Jorge Renán De la Torre T. 



El Patito Perinola

Yo no soy artista
de violín ni viola,
soy malabarista
de la perinola.

Un patito tinto
de plumín y cola,
un patito lindo
que al bailar se achola.

No me llamen Tinto,
no me digan Viola,
llámenme Patito
de la perinola.

Jorge Renán De la Torre T.



La hormiga y la cigarra

Hormiguita
morenita
tu faena
sigue ya,
carga pronto
la comida
que le gusta
a tu mamá.

Con amigas,
formaditas,
busca el trigo 
y el maíz,
y un ceviche
con humitas
y empanadas
de lombriz.

¡Sin demora,
rapidito!
que el invierno
llega ya,
y la vieja 
con guitarra,
la cigarra, 
cantará:

Brilli - brilli
un poquito,
brilli - brilli
brilli - bra,
brilli - brilli
un poquito
brilli, brilli,
me dará?

Y no imites
a tu abuela
que tacaña 
se portó,
mas recuerda
de la escuela
la enseñanza 
que te dio,
y por eso,
generosa,
de tu bolso 
sacarás
mini-moscas
y gusanos
y a la artista
brindarás.

Jorge Renán De la Torre T.




miércoles, 26 de junio de 2013

Cumpleaños

Ya no soy niña chiquita
de tres años como ayer
y no mojo la camita
como ustedes pueden ver.

Ya me pongo mis calzones
y las botas en mis pies,
pero siento comezones
por las medias al revés.

Y en la mesa yo solita
tomo sopa y me da tos
y me lavo la carita
con las papas y el arroz.

¡Ve mamá! ya estoy crecida
pronto tengo invitación
para andar en la movida
cuando haya vacación.


Jorge Renán De la Torre T.
 

Pompope

Apurada en la cocina
la clarita de cristal
se menea con locura
y compases de metal.

Esa espuma de gallina
que ha empollado mi mamá,
no dirá ya el pío- pío
ni tampoco el pío - pa.

Ya no quedan más reflejos
del espejo matinal
y la niebla se amarilla
en el plato de coral.

Ya está listo mi pompope
en los pozos y en el pan
¡sirva pronto, mamacita,
que las ganas se me van!

miércoles, 5 de junio de 2013

"Dientón" poema musicalizado


Poema infantil musicalizado de Renán de la Torre, tomado del CD "Un árbol que canta al Ecuador", de la Antología de Francisco Delgado Santos.

La chiquita Tin
tiene un diente ton,
¡oh qué diente tin
chiqui-chiqui-ton!

Chiqui-chiqui-chiqui
chiqui-chiqui-ton,
¿será el diente chiqui
del ogro Golón?

Cuando crezca Tin
en su boca fina
llegará a su fin
¡toda golosina!



*La musicalización es del mexicano Jorge Antonio García Pérez, acompañado por Miriam Saraí, Esther Munive, Cecilia Parédez y Melliza Trejo.

IV Congreso Mundial para el talento de la niñez. Cuenca, Ecuador, octubre 2006


http://www.goear.com/listen/e808925/dienton-jorge-antonio-garcia-perez


domingo, 17 de junio de 2012

PIQUIOCIOSO




El ritmo febril del trabajo se erguía diariamente entre las copas espesas, su himno afanoso cuchicheaba entre las hierbas, tableteaba sobre los troncos o se elevaba estremeciendo el aire. Cuentan que, en medio de este reino laborioso, había un pajarito carpintero que nunca hacía nada, y que de tanto no hacer nada, se cansó. Por eso sus amiguitos y parientes le llamaban con sorna:

¡MAESTRO!

Sí, este pajarito era un verdadero maestro... ¡un maestro de la vagancia!

El verdadero nombre del emplumado era Piquiocioso. Vivía —si a eso se llama vivir— de la caridad pública, y, como el desdichado ni siquiera había construido su casa, cada noche estaba obligado a pedir posada en el nido de algún familiar o amigo generoso. Lastimosamente para él, la hospitalidad no se contaba muy a menudo entre las virtudes de los suyos. Por ello, en muchas ocasiones, los carpinteros encontraron a Piquiocioso tiritando de frío, al pie de los árboles, tapado a duras penas con una hoja o envuelto en una alfombra de musgo. Compadecidos de su miseria, los pajaritos suspiraban, y luego... seguían su camino. Muy cerca de donde vivía nuestro haragán, Gringopico —un pájaro extranjero— había edificado un magnífico palacio. Su mansión estaba localizada en lo alto de un abeto. ¡Era de verla: brillaba desde el sótano a la terraza! Sus pisos tenían el lustre dado con la cera de la colmena vecina, las ventanas estaban engalanadas con vidrios de luna y cortinas de nube; en tanto que las paredes de la fachada y del interior, lucían los colores de las plumas del pavo real. Cualquier monarca de los árboles, gustoso, habría trasladado su corte a esa dependencia fastuosa.

Gringopico, pajarito de ojos azules y plumaje rubio, estaba de viaje. Sus negocios le obligaban a dejar el país de los carpinteros por unos meses. Por esta razón, en una parte visible de su morada, colgó el siguiente letrero:

PARA CARPINTERO SOLO O

 MATRIMONIO SIN NIÑOS

ARRIENDO NIDO DE LUJO


Piquiocioso tuvo conocimiento de la oferta y, rápidamente, cosa rara en él, se presentó ante el dueño de la mansión. Antes de que éste usara el pico, nuestro amiguito se presentó diciendo: 

—Soy el inquilino que usted busca. Soltero, sin compromiso, trabajador y, sobre todo, muy cumplido en los pagos. Además soy sincero, no fumo, no soy charlatán, no...
Tanto habló en bien de sí mismo, que desde ese día escasearon las virtudes. La presentación labiosa de Piquiocioso acabó por convencer al extranjero y, sin más averiguaciones, le arrendó el departamento en tres lombrices contantes y sonantes.

Sacando fuerzas de su vagancia, el haragán consiguió abonar el precio pedido y pronto estuvo pavoneándose en su lujosa vivienda. En poco tiempo, aprovechando la primavera, su plumaje y sus cantos, Piquiocioso se convirtió en el ídolo de muchas pajaritas. Ellas facilitaron su vida de hippie, pues con el objeto de agradarle, cada una le proporcionaba el mejor manjar que podía obtener. Piquiocioso llevaba una vida de príncipe.

Así pasaron varios meses, pero el día menos pensado, sin atinar defensa, se dejó atrapar  por una hermosa damita llamada Piquibella. De este matrimonio nacieron tres simpáticos polluelos. Afortunadamente, el nido arrendado disponía de varios dormitorios y en ellos se instalaron los herederos.


Al ir creciendo, los tres polluelos se convirtieron en tres pilluelos. Sí, hacían diabluras.

En una ocasión, cuando los tres hermanos tomados de las alas patinaban velozmente por el corredor, no pudieron detenerse el momento en que su madre salía del dormitorio a la sala... ¡zas! ¡pum! Fue una catástrofe. Los tres hermanos se estrellaron contra el gran ventanal; un rocío de vidrios cayó sobre la sala cubriéndola de nieve, mientras las avecitas inquietas se retorcían contra el piso. Afuera, la luna reía burlona con su boca de plata.


¿Y su madre? ¿Dónde estaba su madre? ¿Qué le había ocurrido? Las únicas señales de ella se despedían emplumando el aire. 


Angustiados la buscaron por toda la casa, bajo las sillas, las mesas, las alfombras... nada. De pronto, sobre sus cabezas, y muy cerca del ventanal roto, los pequeños escucharon un aleteo quejumbroso. Al levantar la vista, con asombro descubrieron a Piquibella clavada en el techo. Los carpinteros intentaron trepar  por la cortina para ayudarla, mas lo único que lograron fue desgarrar la tela espumosa y blanda. Sin darse por vencidos, se agruparon para decidir la manera más efectiva de bajarla, pero cuando a uno de ellos le vino una idea luminosa, el cuerpo pesado de su madre la apagó, aplastándolos contra el suelo. El castigo no se hizo esperar. Piquibella —que de bella ya no tenía ni el pico— armada de un plumero propinó una tunda a sus pilluelos.



En otra ocasión, mientras las ranas rendían culto a la lluvia con sus voces remordidas, los pequeñuelos no resistieron el deseo de ensayar su oficio. El pajarito menor, un diablillo que lucía un pico largo, largo, imaginó que era Picasso y, sin pensarlo dos veces, con el esmalte de uñas de su madre embarró la fachada y los interiores. Al mismo tiempo, sus hermanitos, maestros del berbiquí, martillaron incesantemente los picos sobre las paredes del inmueble, llenándolo de viruelas. Tantos huecos hicieron estos oficiales mayores, que su padre, sin distinguir la entrada del nido, se quedó atorado en uno de ellos. Cuando Piquiocioso logró salir de ese enredo, sus hijos disfrutaban el sueño angelical de la niñez.

Entre tanto, Gringopico gozaba de las cuantiosas entradas producidas por sus propiedades en arriendo. Ellas, en su viaje de negocios y, por supuesto, de placer, le habían costeado los mejores hoteles, los recorridos turísticos y gastos de toda índole. Cansado de tanto disfrutar, el pajarito rico decidió volver.

Así, una mañana fría de otoño, en el vuelo procedente de Yanquiave, retornó Gringopico. El mister, apenas llegó, antes de bajar sus maletas y saludar con los suyos, corrió en busca del inquilino y la propiedad. Al primero lo encontró atareado en sus ronquidos.

— ¡Mi propiedad! ¿Qué ha hecho Ud. con mi propiedad? —gritó desconsolado el extranjero al mirar la destrucción.

Piquiocioso despertó sobresaltado. Cuando trató de articular palabras en su defensa, Gringopico le cortó diciendo: 

— Ud. desocupa mi departamento o le demando en la Oficina de Inquilinato.

— ¡Pero señor, mis hijos, mi esposa! 

— ¿Hijos? ¿Esposa? Yo arrendé mi propiedad a un pájaro solo y no al Director de la Casa Cuna.

— Pero... pero... 

— No hay ningún pero que valga. Si hasta las dos de la tarde no ha desocupado el nido,l o haré desalojar con la policía.

El plazo dado por el propietario se cumplió y como el inquilino no había hecho nada por desocupar  el departamento, aquel acudió a las autoridades.


A las seis de la tarde, el Comandante Lechuza y varios gendarmes, sin hacer caso de las súplicas de Piquibella ni del llanto de los polluelos, arrojaron las pertenencias de la familia en medio del pasto. El pájaro rubio, muy satisfecho, ordenó de inmediato la reparación de su vivienda.

Afuera, en tanto que el viento hacía crujir las ramas y la lluvia helaba los troncos, Piquibella, desesperadamente trataba de cubrir a sus hijuelos. Todo era inútil: el frío les carcomía sus plumas. Por ello, la pajarita dejó escapar una lágrima tibia y amarga que se deslizó sobre su pechera de terciopelo.

Más distante, cabizbajo y solitario, Piquiocioso escondía su vergüenza bajo la hierba entunada.

Fue una noche interminable y triste para esa familia obrera. El que más sufrió, sin duda, fue Piquiocioso. Toda la velada la pereza paseó burlona por su mente alada. El reclamo interior se entrecortó punzante en la inutilidad de su pico, encendiendo una decisión rabiosa. Al amanecer, nació un nuevo Piquiocioso.

AI despuntar el alba se dirigió hacia un hermoso pino y en él repiqueteó su martillo incansablemente.

En breve estuvo terminando el dormitorio nupcial y las piezas de los niños, la sala, el comedor y todos los servicios. Con ímpetu incontenible alcanzó una estrella y en ella se apoderó de cristales jaspeados que resplandecieron luego en sus ventanas. Su entusiasmo no quedó allí. Piezas de raso musgoso y retazos de niebla conformaron los cortinajes y el parqué del piso brilló más que el sol.

Gozoso, bajó a comunicar su obra a Piquibella que aún dormitaba entumida y triste.

Al escuchar la buena nueva, la alegría abrió el pico de todos en carcajadas desiguales. Reían la dicha de poseer su casita propia y un padre trabajador.




*Cuentos - Colección Premio. Subsecretaría de Cultura del Ecuador. Cuentos premiados en la concurso del Diario "El Mercurio" de Cuenca en 1974. Ilustraciones: Nelson Jácome. Ministerio de Educación y Cultura, 1982