viernes, 13 de marzo de 2015
Mi primera muñeca
Pelos largos, azabaches,
su boquita de emoción
y sus ojos chocolates
ponen dulce a la canción.
Morenita, ¡muy risueña!
quiere mucho a su mamá,
pero llora cuando sueña
que no viene su papá.
Yo la peino con horquillas
y la baño con jabón,
ja, ja, ja, le dan cosquillas,
¡luego moja el pantalón!
De los pelos de Pelusa
ya no quedan un, dos, tres,
y por eso ahora usa
¡un gorrito japonés!
Mi cobija
Mi cobija rosadita
tiene azúcar de algodón
y le cubre a mi camita
de los pies al almohadón.
Cuando duermo me calienta
con su abrazo celestial
y de día me despierta
del bostezo general.
Mamacita, yo no sueño
sin mi rosa de ilusión,
¡deme pronto, soy su dueño,
y le entrego el corazón!
tiene azúcar de algodón
y le cubre a mi camita
de los pies al almohadón.
Cuando duermo me calienta
con su abrazo celestial
y de día me despierta
del bostezo general.
Mamacita, yo no sueño
sin mi rosa de ilusión,
¡deme pronto, soy su dueño,
y le entrego el corazón!
viernes, 30 de mayo de 2014
Zapatito
Zapatito taca-taca
zapatito taca-ton
con tu suela hecha de vaca
y plantilla de cartón.
Zapatito taca-taca
zapatito taca-ton
es tu golpe mi maraca
y mi bombo tu tacón.
Zapatito taca-taca
zapatito taca-ton
toca el toque taca-taca
toca el toque toque-ton.
zapatito taca-ton
con tu suela hecha de vaca
y plantilla de cartón.
Zapatito taca-taca
zapatito taca-ton
es tu golpe mi maraca
y mi bombo tu tacón.
Zapatito taca-taca
zapatito taca-ton
toca el toque taca-taca
toca el toque toque-ton.
Jorge Renán De la Torre T.
Flaqueó mi tía
La pipita de mi tía,
yo no sé lo que ha pasado,
¿no es verdad, mamita mía,
que su hermana ha flaqueado?
Ella dice muy risueña
que todita su gordura
la quitó Doña Cigüeña
y la puso en esa cuna.
Y al buscar su barriguita
muy redonda entre los tules
veo sólo una carita
y unos ojos muy azules.
Un muñeco pequeñito
que me mira con dulzura,
¡préstame a mí un ratito
ese trozo de ternura!
Y mamá si a las gorditas
ese niño les da Dios,
comeré feas sopitas
porque quiero tener dos.
yo no sé lo que ha pasado,
¿no es verdad, mamita mía,
que su hermana ha flaqueado?
Ella dice muy risueña
que todita su gordura
la quitó Doña Cigüeña
y la puso en esa cuna.
Y al buscar su barriguita
muy redonda entre los tules
veo sólo una carita
y unos ojos muy azules.
Un muñeco pequeñito
que me mira con dulzura,
¡préstame a mí un ratito
ese trozo de ternura!
Y mamá si a las gorditas
ese niño les da Dios,
comeré feas sopitas
porque quiero tener dos.
Jorge Renán De la Torre T.
El Patito Perinola
Yo no soy artista
de violín ni viola,
soy malabarista
de la perinola.
Un patito tinto
de plumín y cola,
un patito lindo
que al bailar se achola.
No me llamen Tinto,
no me digan Viola,
llámenme Patito
de la perinola.
de violín ni viola,
soy malabarista
de la perinola.
Un patito tinto
de plumín y cola,
un patito lindo
que al bailar se achola.
No me llamen Tinto,
no me digan Viola,
llámenme Patito
de la perinola.
Jorge Renán De la Torre T.
La hormiga y la cigarra
Hormiguita
morenita
tu faena
sigue ya,
carga pronto
la comida
que le gusta
a tu mamá.
Con amigas,
formaditas,
busca el trigo
y el maíz,
y un ceviche
con humitas
y empanadas
de lombriz.
¡Sin demora,
rapidito!
que el invierno
llega ya,
y la vieja
con guitarra,
la cigarra,
cantará:
Brilli - brilli
un poquito,
brilli - brilli
brilli - bra,
brilli - brilli
un poquito
brilli, brilli,
me dará?
Y no imites
a tu abuela
que tacaña
se portó,
mas recuerda
de la escuela
la enseñanza
que te dio,
y por eso,
generosa,
de tu bolso
sacarás
mini-moscas
y gusanos
y a la artista
morenita
tu faena
sigue ya,
carga pronto
la comida
que le gusta
a tu mamá.
Con amigas,
formaditas,
busca el trigo
y el maíz,
y un ceviche
con humitas
y empanadas
de lombriz.
¡Sin demora,
rapidito!
que el invierno
llega ya,
y la vieja
con guitarra,
la cigarra,
cantará:
Brilli - brilli
un poquito,
brilli - brilli
brilli - bra,
brilli - brilli
un poquito
brilli, brilli,
me dará?
Y no imites
a tu abuela
que tacaña
se portó,
mas recuerda
de la escuela
la enseñanza
que te dio,
y por eso,
generosa,
de tu bolso
sacarás
mini-moscas
y gusanos
y a la artista
brindarás.
Jorge Renán De la Torre T.
miércoles, 26 de junio de 2013
Cumpleaños
Ya no soy niña chiquita
de tres años como ayer
y no mojo la camita
como ustedes pueden ver.
Ya me pongo mis calzones
y las botas en mis pies,
pero siento comezones
por las medias al revés.
Y en la mesa yo solita
tomo sopa y me da tos
y me lavo la carita
con las papas y el arroz.
¡Ve mamá! ya estoy crecida
pronto tengo invitación
para andar en la movida
cuando haya vacación.
de tres años como ayer
y no mojo la camita
como ustedes pueden ver.
Ya me pongo mis calzones
y las botas en mis pies,
pero siento comezones
por las medias al revés.
Y en la mesa yo solita
tomo sopa y me da tos
y me lavo la carita
con las papas y el arroz.
¡Ve mamá! ya estoy crecida
pronto tengo invitación
para andar en la movida
cuando haya vacación.
Jorge Renán De la Torre T.
Pompope
Apurada en la cocina
la clarita de cristal
se menea con locura
y compases de metal.
Esa espuma de gallina
que ha empollado mi mamá,
no dirá ya el pío- pío
ni tampoco el pío - pa.
Ya no quedan más reflejos
del espejo matinal
y la niebla se amarilla
en el plato de coral.
Ya está listo mi pompope
en los pozos y en el pan
¡sirva pronto, mamacita,
que las ganas se me van!
la clarita de cristal
se menea con locura
y compases de metal.
Esa espuma de gallina
que ha empollado mi mamá,
no dirá ya el pío- pío
ni tampoco el pío - pa.
Ya no quedan más reflejos
del espejo matinal
y la niebla se amarilla
en el plato de coral.
Ya está listo mi pompope
en los pozos y en el pan
¡sirva pronto, mamacita,
que las ganas se me van!
miércoles, 5 de junio de 2013
"Dientón" poema musicalizado
Poema infantil musicalizado de Renán de la Torre, tomado del CD "Un árbol que canta al Ecuador", de la Antología de Francisco Delgado Santos.
La chiquita Tin
tiene un diente ton,
¡oh qué diente tin
chiqui-chiqui-ton!
Chiqui-chiqui-chiqui
chiqui-chiqui-ton,
¿será el diente chiqui
del ogro Golón?
Cuando crezca Tin
en su boca fina
llegará a su fin
¡toda golosina!
*La musicalización es del mexicano Jorge Antonio García Pérez, acompañado por Miriam Saraí, Esther Munive, Cecilia Parédez y Melliza Trejo.
IV Congreso Mundial para el talento de la niñez. Cuenca, Ecuador, octubre 2006
http://www.goear.com/listen/e808925/dienton-jorge-antonio-garcia-perez
domingo, 17 de junio de 2012
PIQUIOCIOSO
El ritmo febril del trabajo se erguía diariamente entre las copas espesas, su himno afanoso cuchicheaba entre las hierbas, tableteaba sobre los troncos o se elevaba estremeciendo el aire. Cuentan que, en medio de este reino laborioso, había un pajarito carpintero que nunca hacía nada, y que de tanto no hacer nada, se cansó. Por eso sus amiguitos y parientes le llamaban con sorna:
¡MAESTRO!
Sí, este pajarito era un verdadero maestro... ¡un
maestro de la vagancia!
El verdadero nombre del emplumado era Piquiocioso.
Vivía —si a eso se llama vivir— de la caridad pública, y, como el
desdichado ni siquiera había construido su casa, cada
noche estaba obligado a pedir
posada en el nido de algún familiar o amigo generoso. Lastimosamente para él,
la hospitalidad no se contaba muy a menudo entre las virtudes de los suyos. Por ello, en muchas ocasiones, los carpinteros encontraron
a Piquiocioso tiritando de frío, al pie de
los árboles, tapado a duras penas con una hoja o envuelto en una
alfombra de musgo. Compadecidos de su miseria, los pajaritos suspiraban, y luego... seguían su camino. Muy cerca de donde
vivía nuestro haragán, Gringopico —un pájaro extranjero— había edificado un magnífico palacio. Su mansión estaba
localizada en lo alto de un abeto. ¡Era de verla: brillaba desde el
sótano a la terraza! Sus pisos tenían el lustre dado con la cera de la colmena vecina, las ventanas estaban
engalanadas con vidrios de luna y cortinas de nube; en tanto que las paredes de
la fachada y del interior, lucían los colores de las plumas del pavo
real. Cualquier monarca de los árboles, gustoso, habría trasladado su corte a esa
dependencia fastuosa.
Gringopico, pajarito de ojos azules y plumaje
rubio, estaba de viaje. Sus negocios le obligaban a dejar el país de los
carpinteros por unos meses. Por esta razón, en una parte visible de su morada,
colgó el siguiente letrero:
PARA
CARPINTERO SOLO O
MATRIMONIO SIN NIÑOS
ARRIENDO
NIDO DE LUJO
Piquiocioso tuvo conocimiento de la oferta y, rápidamente, cosa rara en él, se presentó ante el dueño de la mansión. Antes de que éste usara el pico, nuestro
amiguito se presentó diciendo:
—Soy el inquilino que usted busca. Soltero, sin
compromiso, trabajador y, sobre todo, muy cumplido en los pagos. Además soy
sincero, no fumo, no soy charlatán, no...
Tanto habló en bien de sí mismo, que desde ese día
escasearon las virtudes. La presentación labiosa de Piquiocioso acabó por convencer al extranjero y, sin más averiguaciones, le arrendó el departamento en
tres lombrices contantes y sonantes.
Sacando fuerzas de su vagancia, el haragán
consiguió abonar el precio pedido y pronto estuvo
pavoneándose en su lujosa vivienda. En poco tiempo, aprovechando la primavera,
su plumaje y sus cantos, Piquiocioso se convirtió en el ídolo de muchas
pajaritas. Ellas facilitaron su vida de hippie, pues con el objeto de
agradarle, cada una le proporcionaba el mejor manjar que podía obtener. Piquiocioso llevaba una vida de príncipe.
Así pasaron varios meses, pero el día menos
pensado, sin atinar defensa, se dejó atrapar por una hermosa damita
llamada Piquibella. De este matrimonio nacieron tres simpáticos polluelos. Afortunadamente, el nido arrendado disponía de varios dormitorios y en ellos se instalaron los herederos.
Al ir creciendo, los tres polluelos se convirtieron
en tres pilluelos. Sí, hacían diabluras.
En una ocasión, cuando los
tres hermanos tomados de las alas patinaban velozmente por el corredor, no pudieron detenerse el momento en que su madre salía del
dormitorio a la sala... ¡zas! ¡pum! Fue una catástrofe. Los tres hermanos se
estrellaron contra el gran ventanal; un rocío de vidrios cayó sobre la sala
cubriéndola de nieve, mientras las avecitas inquietas se retorcían contra el piso. Afuera, la luna reía burlona con su boca
de plata.
¿Y su madre? ¿Dónde estaba su madre? ¿Qué le había
ocurrido? Las únicas señales de ella se
despedían emplumando el aire.
Angustiados la buscaron por toda la casa, bajo las sillas, las mesas, las alfombras... nada. De pronto, sobre sus cabezas, y muy cerca del ventanal roto, los pequeños escucharon un aleteo quejumbroso. Al levantar la vista, con asombro descubrieron a Piquibella clavada en el techo. Los carpinteros intentaron trepar por la cortina para ayudarla, mas lo único que lograron fue desgarrar la tela espumosa y blanda. Sin darse por vencidos, se agruparon para decidir la manera más efectiva de bajarla, pero cuando a uno de ellos le vino una idea luminosa, el cuerpo pesado de su madre la apagó, aplastándolos contra el suelo. El castigo no se hizo esperar. Piquibella —que de bella ya no tenía ni el pico— armada de un plumero propinó una tunda a sus pilluelos.
Angustiados la buscaron por toda la casa, bajo las sillas, las mesas, las alfombras... nada. De pronto, sobre sus cabezas, y muy cerca del ventanal roto, los pequeños escucharon un aleteo quejumbroso. Al levantar la vista, con asombro descubrieron a Piquibella clavada en el techo. Los carpinteros intentaron trepar por la cortina para ayudarla, mas lo único que lograron fue desgarrar la tela espumosa y blanda. Sin darse por vencidos, se agruparon para decidir la manera más efectiva de bajarla, pero cuando a uno de ellos le vino una idea luminosa, el cuerpo pesado de su madre la apagó, aplastándolos contra el suelo. El castigo no se hizo esperar. Piquibella —que de bella ya no tenía ni el pico— armada de un plumero propinó una tunda a sus pilluelos.
En otra ocasión, mientras las ranas rendían culto a la lluvia con sus voces remordidas, los pequeñuelos no resistieron el deseo de ensayar su oficio. El pajarito menor, un diablillo que lucía un pico largo, largo, imaginó que era Picasso y, sin pensarlo dos veces, con el esmalte de uñas de su madre embarró la fachada y los interiores. Al mismo tiempo, sus hermanitos, maestros del berbiquí, martillaron incesantemente los picos sobre las paredes del inmueble, llenándolo de viruelas. Tantos huecos hicieron estos oficiales mayores, que su padre, sin distinguir la entrada del nido, se quedó atorado en uno de ellos. Cuando Piquiocioso logró salir de ese enredo, sus hijos disfrutaban el sueño angelical de la niñez.
Entre tanto, Gringopico
gozaba de las cuantiosas entradas producidas por sus propiedades en arriendo. Ellas, en su viaje de negocios y, por
supuesto, de placer, le habían costeado los
mejores hoteles, los recorridos turísticos y gastos de toda índole. Cansado de
tanto disfrutar, el pajarito rico decidió volver.
Así, una mañana fría de otoño, en el vuelo
procedente de Yanquiave, retornó Gringopico. El
mister, apenas llegó, antes de bajar sus maletas y saludar con los suyos,
corrió en busca del inquilino y la propiedad. Al primero lo
encontró atareado en sus ronquidos.
— ¡Mi propiedad! ¿Qué ha hecho Ud. con mi
propiedad? —gritó desconsolado el extranjero al mirar la destrucción.
Piquiocioso despertó sobresaltado. Cuando trató de articular palabras en su defensa, Gringopico le cortó diciendo:
— Ud. desocupa mi
departamento o le demando en la Oficina de Inquilinato.
— ¡Pero señor, mis hijos, mi esposa!
— ¿Hijos? ¿Esposa? Yo
arrendé mi propiedad a un pájaro solo y no al Director de la Casa Cuna.
— Pero... pero...
— No hay ningún pero que valga. Si hasta las dos de
la tarde no ha desocupado el nido,l o haré
desalojar con la policía.
El plazo dado por el propietario se cumplió y como el inquilino no había hecho
nada por desocupar el departamento, aquel acudió a las
autoridades.
A las seis de la tarde, el Comandante Lechuza y
varios gendarmes, sin hacer caso de las súplicas
de Piquibella ni del llanto de los polluelos, arrojaron las pertenencias de la familia
en medio del pasto. El pájaro rubio, muy satisfecho, ordenó de inmediato la reparación
de su vivienda.
Afuera, en tanto que el viento hacía crujir las
ramas y la lluvia helaba los troncos, Piquibella,
desesperadamente trataba de cubrir a sus hijuelos. Todo era inútil: el frío les
carcomía sus plumas. Por ello, la pajarita dejó escapar una lágrima
tibia y amarga que se deslizó
sobre su pechera de terciopelo.
Fue una noche interminable y triste para esa
familia obrera. El que más sufrió, sin duda, fue
Piquiocioso. Toda la velada la pereza paseó burlona por su mente alada. El
reclamo interior se entrecortó punzante en la inutilidad de su pico,
encendiendo una decisión rabiosa. Al amanecer, nació un nuevo Piquiocioso.
AI despuntar el alba se dirigió hacia un hermoso
pino y en él repiqueteó su martillo incansablemente.
En breve estuvo terminando el
dormitorio nupcial y las piezas de los niños, la sala, el comedor y todos los
servicios. Con ímpetu incontenible alcanzó una estrella y en ella se apoderó de cristales jaspeados que resplandecieron luego en sus
ventanas. Su entusiasmo no quedó allí. Piezas de raso musgoso y retazos de
niebla conformaron los cortinajes y el
parqué del piso brilló más que el sol.
Gozoso, bajó a comunicar su obra a Piquibella que aún
dormitaba entumida y triste.
Al escuchar la buena nueva, la alegría abrió el pico de
todos en carcajadas desiguales. Reían la dicha de poseer su casita propia y un
padre trabajador.
*Cuentos - Colección Premio. Subsecretaría de Cultura del Ecuador. Cuentos premiados en la concurso del Diario "El Mercurio" de Cuenca en 1974. Ilustraciones: Nelson Jácome. Ministerio de Educación y Cultura, 1982
martes, 10 de mayo de 2011
Maritín la mariposa vanidosa
Mientras multitudes de insectos musitaban sus faenas o se sumergían insignificantes en la tierra, el día, colgado del cielo, caía en jirones sobre la magia del jardín.
De entre los laboriosos, las mariposas eran las más alborotadas... y tenían razón: esperaban el surgimiento de la crisálida que sería, según la imaginación de todas, la gloria del vergel. Por eso, impacientes, a diario comentaban la belleza de aquel capullo fresco, cuyos hilos semejaban un envoltorio de lluvia.
Una emoción cromática las agitó en revoloteos continuos cuando brotó la mariposa exquisita. Es que ésta, en la delicadeza de sus formas, lucía los colores de una reina. Allí estaban, como en un mundo de ensueño, la transparencia del trino y la fragancia del rosal, la sonrisa casta de la luna, el azul de la mañana y el brillo del trigal.
Maritín, ese era su nombre sonoro y dulce, escuchó en silencio las alabanzas de los suyos, y luego, mirándolos con indiferencia, dijo:
— ¡Retiraos parientes vulgares! ¿No apreciáis mi distinción? ¡Vuestra presencia no merece estar junto a la mía!
Al escucharla, un desencanto frío estremeció sus cuerpecillos y todo su entusiasmo por la recién nacida desapareció. Luego, una a una, estamparon el viento con vaivenes morosos.
— ¡Por fin se fueron esas impertinentes! ¡Pero, qué atrevidas, juntarse a mí como si fuesen mis iguales, como si tuviesen mis encantos o mi finura!
Así, pregonando furias y primores, se alejó: iba en busca de alimento. En el viaje, su genio fatuo se alteró de nuevo al pasar cerca de unas florecillas humildes... y las ofendió:
— ¡Qué ridículas! ¡Y cómo huelen! ¡Prefiero morir y no posarme sobre sus corolas grotescas!
Maritín gozó con la vergüenza que experimentaron las plantitas y, para herirlas más, disfrutó largamente meciéndose entre los pétalos de las flores agraciadas y esbeltas.
— ¡Hola, Maritín! —gritaron unas maripositas que se divertían por el prado—. ¡Ven con nosotras! ¡Ven!
Las mariposas despreciadas, al igual que las flores, entristecieron tanto que preocuparon a los habitantes del jardín. Estos trataron de consolarlas de mil maneras, pero no lo consiguieron. Disgustada, la azucena, dirigiéndose a todos, manifestó:
—Es hora de dar una lección a esa vanidosa. Des¬de que ella nació, nuestro jardín ha perdido la alegría y ha ganado lágrimas.
El perfume pulcro de esa flor interpretó el sentir general, y luego, al unísono, se decidieron las sanciones.
Maritín, como de costumbre, despertó con un apetito insaciable y fue en busca de los mejores manjares. Pero ese día, sin saber por qué, le sucedió algo raro, incomprensible. Sus flores favoritas, las que tanto amaba, le negaron su alimento. Sorprendida, una y otra vez intentó posarse, mas aquellas le impidieron cerrando sus corolas.
Hambrienta y desconsolada, buscó las coronillas modestas que antaño desdeñó; pero su soberbia pudo más:
— ¡Prefiero morir! ¡Prefiero morir!
Después, en un rincón lejano y sombrío, se quedó. Sus colores vivos y chispeantes empalidecieron poco a poco, mientras un fin opaco terminaba con su vida de luz y viento.
Maritín, sin poderse contener, lloró amargamente.
—Sufres sin motivo, Maritín —exclamó conmovida una violeta que se escondía muy cerca del lugar.
—Es que ellas... ellas tratan de matarme, y yo... yo no les hice nada.
—Nadie quiere hacerte daño. Tú presumes de elegancias y noblezas y con tu desdén apartas el amor y el aprecio de los tuyos. Como ves, la vanidad es la única causa de tu desgracia.
Maritín ya no contestó. El sufrimiento que sentía la enmudeció hasta el amanecer. Cuando este vino, el jardín se sobresaltó ante la presencia extraña de una mariposa barrosa y vieja, cuya simpatía cautivó a todas. ¡Era de verla! Volaba de aquí para allá, repartiendo bondades y alegrías generosamente. Muy complacidas, las flores más finas se disputaban la gloria de recibir a esa mariposa feúcha y buena. De pronto, el asombro fue mayúsculo cuando advirtieron que en esas alas lodosas aparecían, paulatinamente, matices inesperados y hermosos.
— ¡Es Maritín! ¡Es Maritín!
— ¡Sí, es ella! —Afirmaron las violetas— pero no es la misma. Nuestra acción la ha transformado.
Al escuchar estas palabras surgió un desconcierto alegre. Entre el bullicio, la armonía brindó su música silenciosa y rítmica y sus notas apacibles envolvieron la vocecilla de Maritín:
—Perdónenme hermanas, mi orgullo fue vano. Gracias a ustedes comprendí que mi belleza, por sí misma, no vale nada. Es tan solo un bien pasajero. Hoy sé que lo grandioso, lo que valoriza a los seres, brota del proceder sencillo y de las obras que efectuemos en beneficio propio y en el de los demás.
Una infinita ternura recorrió el aroma de los prados, mientras Maritín, seguida de una corte espléndida, con sus besos los cubrió.
miércoles, 27 de abril de 2011
ADIVINANZAS
1
Por mi tronco subes
a comer las nubes,
por mi tronco bajas
a pisar las pajas,
y en mis copas suaves
duermen tiernas aves
2
Teje la tejedora
su telita de cristal,
teje la tejedora
sin agujas de metal.
3
Por tu boquita,
boquita arriba,
te lleno toda,
toda la barriga.
4
A la ruru ruru raca,
salgo de la vaca,
a la ruru ruru rito,
muy blanco el chorrito.
5
Están en tus manos,
están en tus pies,
y si los contamos
llegamos a diez.
6
Cuando te veo me ves,
cuando me ves te veo,
y no te parezco feo.
7
La noche tiene un ojo,
un ojo de plata fina,
y usted será muy flojo,
muy flojo si no adivina.
8
Posa la buena moza
en casa de Mariflor,
posa la buena moza
escondida en su color.
9
El pollito: quío - pío
la mamá: cocorocó,
pero el recién nacido,
ni pío, ni qui, ni co.
10
Esqueleto de carrizo,
bello cuerpo de papel,
subo al viento y yo le rizo
aunque no lo quiera él.
11
Aplancha Pancha,
la aplanchadora,
haciendo chis
a toda hora.
12
Rasca que raspa y brilla,
rasca que raspa más,
y si insistes mi chiquilla
pronto lo encenderás.
13
Si a la iglesia miras,
en su cumbre encontrarás
dos puntitos y dos tiras
y su nombre me dirás.
14
Mis plumajes blandos
tienen un picote,
mis dos piernas, zancos,
y hundido el cogote.
15
Con mis dientes no devoro,
pero en tu arreglo colaboro.
16
Si me mojas hago espuma
con ojitos de cristal,
y tu cuerpo se perfuma
mientras llega mi final.
17
En el mar siempre va
llena,
y en la tierra, ni vacía ni
llena.
18
De chiquita estaba en la
vaca,
y de grande, por mi letra
"turra",
me pusieron en a burra.
19
Cien pasos da mi
compadre
y no le compra zapatos
su madre.
20
Si por las sílabas cortamos,
del zapato tengo dos,
del tomate a primera
y ninguna de la pera.
21
Sin ser árbol
tengo hojas
sin ser bestia,
un buen lomo,
y mi nombre
en cada tomo.
22
Unas jugadas finas
y se oye el primer jaque,
y a ti, si no adivinas,
pronto te damos mate.
23
Escalones cuesta abajo,
no me dan trabajo;
escalones cuesta arriba,
no me dan fatiga.
Quien sepa mi nombre,
¡qué lo diga!
24
Estoy al final de la tierra,
en el aire y en el mar,
y por más que lo quieras
no podrás adivinar.
25
Por las pajas muy feliz
yo danzo una danza gris,
y mi madre, peliblanca,
danza una danza blanca
con orejas, pata y panza.
26
Adivina, adivinanza,
quién salta montes
de esperanza?
27
Soy una señora
muy aseñorada,
y hora tras hora
me paso acostada.
28
Vivo muy alto en la luna,
pero también en el suelo,
día y noche en tu cuna
y en los cuentos del abuelo.
29
Lleno de virutas
y de mil costuras,
por mi edad me cuento
entre criaturas,
pero al fin de año,
sin motivo alguno,
saltan festejando
porque me consumo...
y sólo quedo en humo.
30
Aunque mi sonido te digo,
no me adivinas, amigo.
31
A la liru liru la, matán,
a la liru tirulán
cantando están
Su nombre me dirán?
32
Por la noche limpia dama
y en el día una ilusión,
ojalá salga mañana
con su traje de algodón.
33
Si escribes como es,
soy de la selva e rey,
si escribes al revés,
soy tu papá Noel.
34
Aunque no me muevo,
paso el río de acero
con un brinco certero.
RESPUESTAS
Por mi tronco subes
a comer las nubes,
por mi tronco bajas
a pisar las pajas,
y en mis copas suaves
duermen tiernas aves
2
Teje la tejedora
su telita de cristal,
teje la tejedora
sin agujas de metal.
3
Por tu boquita,
boquita arriba,
te lleno toda,
toda la barriga.
4
A la ruru ruru raca,
salgo de la vaca,
a la ruru ruru rito,
muy blanco el chorrito.
5
Están en tus manos,
están en tus pies,
y si los contamos
llegamos a diez.
6
Cuando te veo me ves,
cuando me ves te veo,
y no te parezco feo.
7
La noche tiene un ojo,
un ojo de plata fina,
y usted será muy flojo,
muy flojo si no adivina.
8
Posa la buena moza
en casa de Mariflor,
posa la buena moza
escondida en su color.
9
El pollito: quío - pío
la mamá: cocorocó,
pero el recién nacido,
ni pío, ni qui, ni co.
10
Esqueleto de carrizo,
bello cuerpo de papel,
subo al viento y yo le rizo
aunque no lo quiera él.
11
Aplancha Pancha,
la aplanchadora,
haciendo chis
a toda hora.
12
Rasca que raspa y brilla,
rasca que raspa más,
y si insistes mi chiquilla
pronto lo encenderás.
13
Si a la iglesia miras,
en su cumbre encontrarás
dos puntitos y dos tiras
y su nombre me dirás.
14
Mis plumajes blandos
tienen un picote,
mis dos piernas, zancos,
y hundido el cogote.
15
Con mis dientes no devoro,
pero en tu arreglo colaboro.
16
Si me mojas hago espuma
con ojitos de cristal,
y tu cuerpo se perfuma
mientras llega mi final.
17
En el mar siempre va
llena,
y en la tierra, ni vacía ni
llena.
18
De chiquita estaba en la
vaca,
y de grande, por mi letra
"turra",
me pusieron en a burra.
19
Cien pasos da mi
compadre
y no le compra zapatos
su madre.
20
Si por las sílabas cortamos,
del zapato tengo dos,
del tomate a primera
y ninguna de la pera.
21
Sin ser árbol
tengo hojas
sin ser bestia,
un buen lomo,
y mi nombre
en cada tomo.
22
Unas jugadas finas
y se oye el primer jaque,
y a ti, si no adivinas,
pronto te damos mate.
23
Escalones cuesta abajo,
no me dan trabajo;
escalones cuesta arriba,
no me dan fatiga.
Quien sepa mi nombre,
¡qué lo diga!
24
Estoy al final de la tierra,
en el aire y en el mar,
y por más que lo quieras
no podrás adivinar.
25
Por las pajas muy feliz
yo danzo una danza gris,
y mi madre, peliblanca,
danza una danza blanca
con orejas, pata y panza.
26
Adivina, adivinanza,
quién salta montes
de esperanza?
27
Soy una señora
muy aseñorada,
y hora tras hora
me paso acostada.
28
Vivo muy alto en la luna,
pero también en el suelo,
día y noche en tu cuna
y en los cuentos del abuelo.
29
Lleno de virutas
y de mil costuras,
por mi edad me cuento
entre criaturas,
pero al fin de año,
sin motivo alguno,
saltan festejando
porque me consumo...
y sólo quedo en humo.
30
Aunque mi sonido te digo,
no me adivinas, amigo.
31
A la liru liru la, matán,
a la liru tirulán
cantando están
Su nombre me dirán?
32
Por la noche limpia dama
y en el día una ilusión,
ojalá salga mañana
con su traje de algodón.
33
Si escribes como es,
soy de la selva e rey,
si escribes al revés,
soy tu papá Noel.
34
Aunque no me muevo,
paso el río de acero
con un brinco certero.
RESPUESTAS
- el árbol
- la araña
- la comida
- la leche
- los dedos
- el espejo
- la luna
- la mariposa
- el huevo
- la cometa
- la plancha
- el fósforo
- la letra i
- la cigüeña
- la peinilla
- el jabón
- la ballena
- la letra b
- el cienpiés
- el zapato
- el libro
- el ajedrez
- las escaleras
- la letra a
- los conejos
- el saltamontes
- la almohada
- la letra u
- el año viejo
- la letra t
- el matantiruntirulá
- la luna
- el león
- el puente
lunes, 25 de abril de 2011
Kiquí, el pollito qui
Una vez
había una gallinita muy gordita, tan gordita que su dueño la bautizó en el
nombre de Pipita. Un día, ella amaneció bulliciosa y llenó el gallinero
con un alegre y continuo cacareo: icocorocó — cocorocó — cocorocó! Sus
amigas estaban contentas porque sabían que esa mañana vestida de luz,
Pipita había puesto su primer huevo.
Después
de poco tiempo, de ese huevo de queso y luna, salió un hermoso pollo blanco.
Su mamá le puso el nombre de Kiquí. Lo llamó así porque el pequeñín, desde
que rompió el cascarón, se pasaba todo el día repitiendo: Ki — ki — ki.
Sin duda, él quería aprender pronto esa canción colorada que cantaba su papá:
¡Kiquiriquiii - Kiquiriquiii!
Cuando
el tiempo pasó por el gallinero, se entusiasmó al oír el fino tarareo de Kiquí
y le regaló un lindo abrigo de plumas amarillas. Le dio como premio a sus esfuerzos
por piar con elegancia el canto de sus abuelos, pero el pollo, pese al regalo,
no se sintió satisfecho. El chiquitín tenía una pena muy honda porque no podía
aprender las notas de esa música tan antigua, aunque las llevaba muy adentro.
Por ello, digiriéndose a Pipita, se quejó:
- Mami,
no puedo cantar como mi papi, no puedo. Es que yo oigo tantos ruidos en el
campo y me confundo. Verá mami, cuando estoy repasando, unos dicen:
miau — miau; otros: muu — muu o cua — cua, y yo no sé cómo es mi canto.
-Ten
paciencia— contestó Pipita — con tu dedicación estoy segura que triunfarás.
Así,
animado por el cariño de su madre, Kiquí se decidió a vencer todas las
dificultades y, en poco tiempo, ensayó su voz: ¡Kiquirimiauu — Kiquirimiauu!
—No, no
es así — gritó su madre un poco asustada, No se canta: ¡Kiquirimiauu!, miauu
dicen los gatos barbudos, esos que retuercen el viento cuando cazan
ratones. Los gallitos cantan: ¡Kiquiriquiii —Kiquiriquiii!
El
pollo siguió practicando las lecciones que le daba su papá y en sus
cuadernos de col leía diariamente esas notas de grana. Después, tras muchos
repasos, otra vez lanzó al campo su melodía: ¡Kiquirimuu — Kiquirimuu!
—
¡Calla, hijito, te van a oír los vecinos! — exclamó angustiada Pipita. Luego,
llevándolo cerca del prado, le dijo: Kiquí, tú no has atendido las clases que
te dicta tu papi, él jamás ha entonado un kiquiri-muu, muu hacen las vaquitas
gordiflonas, esas que siempre están comiendo esmeraldas junto al río. Los gallitos
cantan: iKiquiriquiii — Kiquiriquiii!
Los días
pasaban y el pico de Kiquí crecía, su vestido de yema recién puesta ya se había
llenado de brillantes colores. ¿Y su canto? ¿Quieren saber qué pasó con
su canto? Pues bien, durante ese tiempo, los mejores maestros del gallinero
organizaron concursos de coros, dúos y solistas para perfeccionar el canto
de los pollitos que lucirían mucetas de cresta en la graduación del
"Kinder", y como Kiquí había participado en todos ellos, lleno
de confianza regó su música en el viento: ¡Kiquiriquicua — cua —
Kiquiriquicua — cua!
— No, Kiquí, no canturrees así — le interrumpió su mamacita,
y luego, con afecto, le dijo: Kiquí, tu papi no canta ¡Kiquiriquicua — cua!,
cua — cua — dicen los patos chiquitos de nieve cuando ríen sobre el sueño azul
de la laguna. Los gallos cantan: ¡Kiqui-riquiii — Kiquiriquiii!
El
tiempo no se detuvo y una mañana, cuando el día recién se cubría de sol, las
aves del gallinero despertaron alarmadas por un aleteo continuo: era Kiquí tratando
de subir a un palo alto y cercano.
— ¡Ese
no es un lugar para gallos! —le gritaron sus compañeros. Y tenían razón.
Todos sabían que allí, en el pizarrón del viento, el loro Coquito dibujaba
sus piruetas de plumas. Pero Kiquí no les hizo caso y siguió intentándolo
hasta que llegó a la parte más alta. Allí, con pasitos y modales de gran
señor, dio unas vueltecitas luciendo el orgullo en su pecho. Sus vecinos
y parientes lo miraron extrañados. De pronto, Kiquí se detuvo, arregló
graciosamente su sombrero de amapola, hizo una venia muy cortés y... desgranó
su canto: ¡Kiquiriquiii - Kiquiriquiii!
Las
notas se escucharon armoniosas. Parecía que el día cantaba su victoria. Pipita
estaba emocionada:
— iBravo
Kiquí, ya sabes cantar como tu papá!
— ¡Bravo!
— gritaron ruidosas las otras avecitas y demostraron su regocijo batiendo sus
alas en aplausos de colores.
Después,
el gallo más viejo de todos, llamó a Kiquí y, cuando el gallito vino, en su
pescuezo lustroso le colgó una hermosa cinta de hierbas que decía, en letras de
maíz: DESPERTADOR DEL GALLINERO.
Kiquí
estaba feliz, no sólo por el cargo que le habían encomendado, sino porque un
gozo antiguo recorría su cuerpo y lo hacía sentir, ahora sí, un verdadero
gallito.
Desde
ese día, con nueva ilusión, Kiquí espero a las mañanas para coronarlas con el rubí
de su canto: ¡Kiquiriquiii — Kiquiriquiii!
Y colorín
colorado, el esfuerzo de Kiquí, ha triunfado.
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